22 de octubre de 2008

Cuento Sufi

Cuando el gran místico sufí Hasan estaba muriendo, un discípulo suyo le preguntó:
 -“Hasan, ¿quién fue tu maestro?”.
Y Hasan respondió:
-Tuve miles de maestros.
Sólo mencionar sus nombres me llevaría meses, años, y ya es demasiado tarde. Pero ciertamente te hablaré ... sobre tres maestros.
 
-Uno era un ladrón. Una vez me perdí en el desierto y cuando llegué a una aldea, era tarde y todo estaba cerrado. Pero finalmente encontré a un hombre que estaba intentando hacer un agujero en la pared de una casa. Le pregunté dónde podía pasar la noche y él dijo:
- “A esta hora de la noche será difícil, pero puedes quedarte conmigo, si puedes quedarte con un ladrón”.
El hombre era tan agradable que me quedé un mes. 
Y todas las noches él acostumbraba decirme: “Ahora me voy a trabajar. Descansa y reza”.
Al regresar yo le preguntaba: “¿Conseguiste algo?”. 
El solía decir: “Esta noche no, pero mañana lo intentaré de nuevo, si Dios quiere...”. 
Nunca estaba desesperanzado, siempre estaba feliz. 
Cuando, durante años y años, medité y medité y nada sucedió, muchas veces hubo momentos, en que me sentí tan desesperado, tan desesperanzado, que pensé en terminar con todo este sin sentido. 
Y súbitamente me acordaba del ladrón que decía cada noche: “Si Dios quiere, mañana sucederá”.
 
-Mi segundo maestro fue un perro. Me dirigía al río, sediento, y un perro se acercó.
También estaba sediento. Miró dentro del río, vio allí a otro perro. Era su propia imagen y se asustó.
Ladró y se alejó corriendo, pero su sed era tan grande que volvió. 
Finalmente, a pesar de su temor, simplemente saltó al agua y la imagen desapareció. 
Y supe que había recibido un mensaje de Dios: “Uno debe dar el salto a pesar de todos los miedos”.
 
-El tercer maestro fue un niño pequeño. Entré en un pueblo y un niño estaba llevaba una vela encendida. Iba a la mezquita para poner la vela allí.
Sólo en broma le pregunté al niño: “¿Tú mismo has encendido la vela?”.
El dijo: “Si, señor”.
Y le pregunté: “Hubo un momento en que la vela no estuvo encendida, luego hubo un momento en que la vela estuvo encendida ¿puedes mostrarme la fuente de la cual surgió la luz?”.
Y el niño rió, apagó la vela de un soplo, y dijo: “Ahora tú has visto cómo ha desaparecido la luz. ¿Dime, dónde se ha ido la luz?”.
Mi ego se hizo añicos, todo mi conocimiento se hizo añicos. 
Y en ese momento sentí mi propia estupidez. 
Entonces entendí que debía abandonar todos mis conocimientos y empezar a comprender.
 
Es verdad que no tuve ningún maestro.
Eso no significa que no fuera un discípulo también pero acepté a toda la existencia como mi Maestro. 
Mi aprendizaje fue un compromiso mayor que el tuyo. 
Confié en las nubes, los árboles..., confié en la existencia como tal. 
No tuve Maestro porque tuve millones de Maestros, aprendí de todas las fuentes posibles.

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