16 de febrero de 2009

camino hacia Japón...


Había una vez una pareja que había satisfecho muchas de sus ambiciones. Pero aún tenían pendiente uno de sus mayores sueños: querían nadar hasta el Japón. Pensaron mucho al respecto y por fin, un día iniciaron su aventura. No estaban muy acostumbrados a nadar, así que les resultó una tarea ardua. Pronto se dieron cuenta de lo pesadas que se habían vuelto sus extremidades. Les dolían por el esfuerzo constante, especialmente cuando nadaban contra corriente. Gradualmente, sin embargo, sus cuerpos se acostumbraron al ejercicio y desarrollaron un ritmo que exigía poco esfuerzo.
Empezaron a reparar en el agua que les rodeaba y en cómo cambiaba de color al cabo del día. Por las mañanas, era clara y azul, y cuando la luz se reflejaba, aparecían destellos de verde esmeralda. Cuando el sol se ponía, mostraba los ricos y cálidos colores del cielo del atardecer. Contemplaron el agua, los peces plateados que nadaban a su lado durante el día, las oscuras sombras que les rozaban desde las profundidades. Advirtieron cómo cambiaba el sonido de las olas cuando chocaban contra sus cuerpos y repararon en los sutiles cambios del tiempo, en cómo la brisa se transformaba en viento para volver de nuevo a brisa. Aprendieron a encontrar comida en el agua, a alimentarse y a utilizar sus cuerpos sin esfuerzos. Desarrollaron un aguzado sentido del olfato que les permitió detectar cambios en el entorno por la fragancia que la brisa transportaba.
Nadaron durante días y semanas sin rastro de tierra a la vista. Un día, vieron el perfil oscuro de la tierra en el horizonte. Continuaron nadando y reconocieron las costas del Japón. Conforme se aproximaban, se volvieron mas silenciosos, hasta que, por fin, se miraron y en ese momento lo supieron. Se dieron la vuelta y continuaron nadando mas adentro.

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