16 de febrero de 2009

El Hombre y El Halcón

Un hombre estaba trabajando en su huerto situado al borde del desierto de Arizona. Ya estaba oscureciendo, cuando escuchó a lo lejos el ruido de unas motos y vio aparecer un grupo de "Ángeles del Infierno". Le dieron una paliza, lo ataron a una de las motos y lo condujeron al desierto donde lo abandonaron moribundo. El hombre logró sobrevivir, y cuando el sol comenzaba a asomar por el horizonte, recobró la conciencia.
Sabía que, en el desierto, el sol era la muerte. Sin comida ni agua que tenía ninguna posibilidad de sobrevivir. Entonces vio a su lado un pequeño arbusto. Se arrastró hasta debajo y se protegió del sol bajo la pequeña sombra que le proporcionaba. Se sintió desesperado: nadie sabia que estaba allí.
En ese momento,vio un halcón posándose sobre una rama del arbusto. Para el asombro del hombre, el halcón le habló:
-¿En qué puedo ayudarte? -preguntó.
Atónito, el hombre respondió:
-Me muero de sed, tengo la boca y la lengua inflamada. Necesito agua para sobrevivir.
-Mira detrás de ti -replicó el halcón-. Allí hay una serpiente. Síguela, porque ella sabe cómo encontrar agua entre las piedras. Así podrás beber.
Más tarde, el hombre volvió al arbusto y el Halcón regresó al día siguiente:
-¿Cómo te encuentras? -preguntó el halcón.
-He bebido agua, pero necesito comida para sobrevivir; el agua sola no basta.
-Quédate aquí en silencio y espera a que pase el antílope. Síguelo: te mostrará dónde hay cactos que puedes comer.
Y así fue: cuando el hombre siguió el antílope, encontró comida y sació un poco de hambre. Ya más recuperado y en forma, regresó al arbusto, donde también apareció el halcón:
-¿Puedo ayudarte en algo? -le preguntó.
-Sí -replicó el hombre-. Aunque he debido y comido, aún necesito sal par sobrevivir. ¿Dónde puedo conseguir la sal que necesito para vivir?
-No temas -le dijo el halcón-. El zorro también la necesita. Si le sigues te llevará a unas rocas que lame y de las que consigue la sal que necesita.
El hombre siguió el consejo del halcón, pero al día siguiente, cuando regresó al arbusto en que se cobijaba, lo encontró quemado, y todo lo que quedaba de él eran unas cuantas ramas carbonizadas.
<<¿Qué voy a hacer ahora? -se dijo el hombre desalentado-. Sin cobijo me quemaré y moriré.>>
De repente, el hombre se dio cuenta de que, cada día, cuando seguía a los animales, había salido del desierto. Había aprendido a encontrar comida, agua y sal. Sabía cómo sobrevivir. Entonces reparó en los ricos colores del cielo que el sol, ahora bajo en el horizonte, reflejaba, en el azul, violeta y oro del propio sol. Escuchó el exquisito canto de los Pájaros a lo lejos y sintió gran paz y gozo.
-¿Te enseño el camino de vuelta a casa? -le preguntó el halcón.
El hombre pensó durante un instante y después contestó:
-Creo que me voy a quedar un poco más.

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